La mercantilización de la universidad pública

Recuerdo que cuando hice mi intercambio en Praga, compré una sudadera con el logo
estampado de mi universidad. No se trataba más que de uno de aquellos caprichos que se tienen al vivir y estudiar en el extranjero, tan inconscientemente motivado por infinidad de películas norteamericanas. Sin embargo, respondía a una cuestión mucho más compleja.

¿Por qué las universidades decidían promocionarse? ¿Por qué utilizaban estrategias de
marketing como las de vender tazas, camisetas o sudaderas con su logo impreso? ¿Es que acaso había visitado Disneyland París o el Zoo de Nueva York?

No, se trataba de una universidad pública, la principal universidad pública del país. Sin
embargo, la experiencia del “estudiante”, su percepción sobre la calidad de la docencia y
la potencial empleabilidad, así como su sensación de pertenencia a dicha comunidad
parecían ser las piedras angulares de las agendas de los rectores y demás directores de la universidad.

Tal dinámica, tan propia de las universidades anglosajonas, se había estado extendiendo
y reforzando en las universidades europeas, de mayor manera en la Europa del este. De
esta manera, el estudiante parecería haberse posicionado en la centralidad del servicio
universitario, como si debiera medirse la calidad total (Osborne & Gaebler, 1996) de un
servicio cuyo principal objetivo es la satisfacción del estudiante y su empleabilidad, un
estudiante entendido como un mero consumidor o cliente sobre el que las universidades debían competir incesablemente (Tight, 2013).

Entonces, la cuestión primordial a resolver sería: ¿Cuál es la función de la universidad?
Particularmente, de la universidad pública. ¿Debe esta adecuarse a las necesidades y
expectativas de sus estudiantes?

Para entender la ridiculez de este enfoque parece apropiado utilizar, nuevamente, una
metáfora:

Imaginemos que decidimos atender una exposición artística. Una colección sobre la
vileza humana, por ejemplo. En ella, pues, se expondrían todo tipo de pinturas y
expresiones artísticas demoledoras. Desde un retrato de Raskolnikov en pleno acto de
asesinar a la anciana en Crimen y Castigo expresando en todo su esplendor el tánatos
humano hasta una caricatura de Jack Nicholson absolutamente congelado, ya fallecido en el final de El resplandor.

Probablemente, si el atropello de estímulos de la sociedad moderna le ha dejado un
mínimo de sensibilidad al usuario, este saldrá de la exposición con gran pesar,
probablemente temeroso y con cierta ansia, naturalmente. Entonces, al abandonar la
exposición, debe decidir pulsar uno de los cinco botones que ante él aparecen. ¡Una
encuesta de satisfacción! Le piden, pues, que valore que tan satisfecho ha salido de la
exposición a través de la selección de una de cinco caritas disponibles. ¡¿Qué se supone
que debe pulsar?! ¿De estas percepciones depende la subsistencia del arte? ¿De aquellas otras depende la subsistencia de la educación universitaria?

Bien, si la función de la universidad pública consiste en algo más complejo que obedecer
las demandas de la sociedad de consumo y formar técnicos especializados en un sector
laboral que se inserten perfectamente en el tejido productivo, no se debería considerar en demasía la satisfacción directa de los estudiantes.

No estoy argumentando que debamos dejar morir las valiosas aportaciones de los
estudiantes en las dinámicas de clase diarias, ni que sus percepciones sobre el
funcionamiento, organización y estructura de la docencia deban dejar de ser relevantes
para la institución educativa. En sí, estos mecanismos son fundamentales para mantener y favorecer el compromiso y la motivación de los alumnos para con la universidad, así como para el buen funcionamiento de la institución. Es decir, considerar en cierta manera al estudiante como cliente y conocer sus preferencias es la base del vínculo entre institución y usuarios es elemental (Osborne & Gaebler, 1996)

Del mismo modo, introducir lógicas de competición entre instituciones educativas a
través de permitir la decisión de elegir a los consumidores, es decir, dándoles los recursos, permite que tales instituciones se especialicen y mejoren en sus respectivos ámbitos de conocimiento, alcanzando mayor comprensión y habilidad respecto a su objeto de estudio, véase la UPC respecto a las ingenierías o las universidades especializadas en empresa y negocios o en sanidad. Asimismo, estas, al competir, mejoran sus servicios en línea con las demandas de los clientes de manera superbia, reduciendo el derroche económico y convirtiéndose en maquinarias tremendamente eficientes (Osborne & Gaebler, 1996) independientemente de consideraciones secundarias como la esencia misma de la educación.

Sin embargo, plantear al individuo como centro neurálgico de la academia responde a un modelo banal de educación universitaria. Siguiendo esta lógica, las universidades, con sus pomposas campañas de marketing y su cuidada reputación representada en los
mejores rankings de excelencia educativa y sus altas tasas de ocupabilidad se disputarían los alumnos aun haciéndoles costearse la totalidad de sus estudios, los cuales solo buscarían conseguir una utilidad a corto o medio plazo de sus estudios, una mejor posición social, un salario elevado, etc. Es decir, concebir los estudios universitarios como una inversión con retornos mayores al coste marginal. Como resultado, el estudiante sería un mero cliente que escogería qué camino le lleva antes a unos retornos económicos razonables, un peón, junto a las universidades, de la estructura económica y sus necesidades productivas (Tight, 2013).

Entonces, el conocimiento, el razonamiento crítico, la sedimentación de corpus teóricos
y prácticos orientados a aumentar las capacidades del alumno serían algo banal. El
conocimiento, pues, se habría mercantilizado indudablemente.

Bibliografía

Osborne i Gaebler (1996) La reinvención del gobierno. Barcelona: Paidós. Capítol 6 (el
gobierno inspirado en el cliente). Pp. 241-276.

Tight, M. (2013). Students: Customers, Clients or Pawns? Higher Education Policy, 2013,
26, (291–307

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Sebastián Cerna

Soy politólogo por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) orientado al análisis político y electoral. Aquí pretendo tratar temas de actualidad desde la perspectiva de la Ciencia Política y presentar los conceptos o teorías más relevantes del ámbito

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