Un parque de atracciones se define en la RAE como un <<recinto estable con variadas y numerosas instalaciones recreativas, como la montaña rusa, el tiovivo o carrusel y otros entretenimientos>> y es un punto de partida elemental para aproximarnos a entender las dinámicas de las ciudades contemporáneas. En ellos podemos hallar un ocio sencillo, un divertimento del que la mayoría puede sentirse apetente. Son grandes superficies que podemos recorrer a antojo y en las que encontramos un sinfín de compartimentos con todo tipo de entretenimientos, espacios artificiales con el fin explícito de ofrecernos el consumo de un ocio pasivo del que solo participamos al subirnos en alguna atracción, pero de ningún modo en su definición o construcción.
Los parques de atracciones representan aquel espíritu de los Estados Unidos de los años 20, años marcados por un crecimiento económico desenfrenado, procesos de urbanización precipitados, un consumo de masas que aspiraba a ocupar la cima de las aspiraciones humanas… Y hoy en día esta es la analogía que utilizamos muchos científicos sociales para referirnos a las dinámicas de mercantilización que afectan, en mayor o menor medida, a la mayoría de las grandes urbes modernas.
Si recorremos los centros históricos de las capitales europeas, rápidamente tendremos la sensación de encontrarnos con los mismos elementos. Probablemente, hallaremos los mismos locales de comida rápida, similares negocios de souvenirs, llamativos museos de artistas conocidos internacionalmente o cafés de especialidad donde degustar un chai latte, todo entre grandes edificios históricos cuya significancia se ha visto erradicada. Barcelona es el ejemplo más paradigmático y más desde que en 2025 alcanzó a ser la ciudad más masificada del mundo.
Este proceso de asimilación política, económica y cultural que priva inexorablemente a las urbes de sus identidades específicas y que responde a una construcción elitista de la ciudad se entiende a través de la analogía con los parques de atracciones. De este modo, vemos que se crean espacios urbanos dulcificados, en que los elementos históricos relativos a las construcciones nacionales respectivas se enmarcan en una nueva narrativa que los reduce a consumibles, como parte de una temática concreta que representa la ciudad y sus atracciones.
En paralelo, observamos cada vez de manera más evidente que en estos espacios de mayor calado turístico, más allá de las transformaciones en los negocios y comercialización de los elementos estéticos de la ciudad, se producen unas poderosas dinámicas de gentrificación. Arquetipos de tales dinámicas pueden ser el barrio de Gracia o del Poblenou en que nuevos grupos sociales de mayor poder adquisitivo se han instalado progresivamente en las últimas décadas transformando los barrios, generando nuevos tipos de oferta comercial y encareciendo la existente, véase la cuestión de la vivienda. Mientras, constatamos que el espacio público urbano nunca ha estado sometido a tal diversidad de usos y usuarios.
La complejidad es el carácter sustantivo de las dinámicas de las ciudades en el siglo XXI. Una complejidad entendida como un conjunto de elementos interrelacionados e interdependientes cuyas relaciones no alcanzamos a comprender pero que será ineludible hacerlo si pretendemos gestionarla políticamente y beneficiarnos de una diversidad que, para cada vez más personas, parece un impedimento, una amenaza.


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